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Trono de Reyes y Horizonte de Pan. Soy el pulso de la Corte que una vez gobernó el mundo y el perfil de ladrillo y piedra de Medina del Campo, donde Isabel dictó su última voluntad. Soy la elegancia renacentista de mis palacios y el asombro de San Pablo, cuyo mármol parece encaje tallado por el mismo cielo. Soy el dorado de mis mares de trigo en Tierra de Campos y el aroma profundo de mis riberas, donde el vino es la sangre que corre por las venas de una tierra noble y antigua.
 
Hoy te hablo desde la soberbia torre de Peñafiel, ese barco de piedra que navega sobre un mar de viñedos, y desde el silencio sabio de Urueña, porque tras mi fachada de sobriedad y señorío late un corazón que busca su sitio en el mañana. No me mires solo como una capital de paso o un mapa de castillos; mírame como el eje donde se forjó la lengua y el destino de un continente, el hogar que hoy reclama que tú también te conviertas en su baluarte.
 
Desde el esplendor de Tordesillas hasta el rincón más humilde de los Montes Torozos, desde las murallas de Portillo hasta la mística de los monasterios de la Santa Espina y Valbuena, ya hay quienes han decidido que el conformismo no es nuestro camino. No caminamos solos; llevamos con nosotros la memoria de comuneros y navegantes, de aquellos que con manos curtidas por el cierzo y la gubia levantaron iglesias que parecen catedrales y sembraron la justicia en los campos de Villalar. Ellos son ahora el susurro que recorre el Canal de Castilla y el aliento que empuja nuestros molinos.
 
Fui el centro de un Imperio donde nunca se ponía el sol y la llave de la unidad de Castilla, y si me cuidas, yo seguiré siendo tu refugio de historia y vida. ¿Estás listo para dejar de ser habitante y convertirte en el caballero que Valladolid necesita?