El Latido de la Capital del Onocéa. He sido el testigo de tu crecimiento desde que el primer navío divisó mis costas y decidió que este puerto sería el puente entre mundos. Soy el eco de las antiguas murallas, el pulso de una ciudad que nace entre el macizo de Anaga y el azul del Atlántico, y la brisa que recorre las Ramblas cargada de la alegría de mis carnavales. Durante siglos, he sido la puerta de entrada de sueños y culturas, entregándolo todo mientras mis calles perdían el aroma del mar bajo el asfalto y mi horizonte se llenaba de acero y cristal.
Hoy te hablo porque, tras mi fachada vibrante y moderna, soy una ciudad que siente la herida del asfalto que me separa de mi orilla. Mis plazas ya no pueden filtrar más indiferencia y mi aire clama por una nueva pureza que se funda con el salitre. No me mires como un mapa de comercios o un inventario de edificios; mírame como la madre que te ofrece refugio entre la montaña y la marea, la ciudad que te dio identidad y que hoy clama por tu protección.
En cada barrio, desde Valleseco, La Salud hasta Cabo Llanos, ya hay ciudadanos que han escuchado mi llamado. Pero no caminamos solos. Llevamos con nosotros la memoria de quienes defendieron esta plaza de piratas y tormentas, de quienes construyeron sus casas piedra sobre piedra y ya han partido.
Ellos ahora son parte de mi luz y su espíritu resuena en cada ola que rompe contra el muelle. ¿Estás listo para dejar de ser residente y convertirte en el Caballero de la Capital de la Luz?