Señora de las Rías y Faro del Atlántico. Soy el latido de granito de mi Basílica de Santa María y la nobleza de mis plazas de piedra donde el tiempo se detiene a la sombra de los cruceiros. Soy el asombro de las Islas Cíes, ese paraíso de arena blanca y aguas de cristal que guarda la entrada de mi ría, y el perfil del Puente de Rande que une mis orillas como un abrazo de acero sobre el mar. Soy el aroma del Albariño que nace en mis valles del Salnés y la fuerza de mis manos que, en los astilleros de Vigo y en los puertos de Marín y Vilagarcía, construyen el futuro con el hierro y la sal.
Hoy te hablo desde la mística del Monasterio de Armenteira y la paz de mi Baixa Limia, porque bajo mi manto de camelias y salitre late un corazón que ha sabido ser vanguardia y refugio. No me mires solo como un destino de playas o un mapa de balnearios; mírame como la raíz de un pueblo que hizo del océano su camino y que hoy reclama que tú también te conviertas en su baluarte para proteger su identidad y su luz.
Desde la elegancia de Baiona, que primero supo del Nuevo Mundo, hasta el rincón más alto de la Sierra del Candán, desde los castillos de Soutomaior y Sobroso hasta la mística de la cascada del Toxa, ya hay quienes han decidido que el silencio no es el destino. No caminamos solos; llevamos con nosotros la memoria de marineros y palilleiras, de aquellos que con manos curtidas por el viento del suroeste y el frío del Atlántico levantaron ciudades y cuidaron cada batea y cada huerta cuando la vida era un duelo constante contra la tempestad. Ellos son ahora el murmullo de mis olas y el aliento que agita mis pinos y eucaliptos.
Fui provincia del mar y llave del comercio gallego, y si me cuidas, yo seguiré siendo tu refugio de verdad y belleza. ¿Estás listo para dejar de ser habitante y convertirte en el caballero que Pontevedra necesita?