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Reino de Piedra y Senda de Estrellas. Soy el eco de la Batalla de Roncesvalles que aún resuena entre las nieblas del Pirineo y la silueta de mi Catedral de Pamplona, donde los reyes de Navarra juraron defender mis fueros ante el tiempo. Soy el asombro del Palacio Real de Olite, ese sueño de torres que parece brotar de la fantasía de un monarca, y el misterio de las cuevas de Zugarramurdi, donde el viento cuenta historias de aquelarres y leyendas. Soy el verde infinito de la Selva de Irati y la fuerza de mi encierro, donde el latido del corazón compite con el estruendo de los cascos sobre el empedrado de la Estafeta.
 
Hoy te hablo desde la soberbia roja de las Bardenas Reales y la paz de mis valles de Baztan y Salazar, porque bajo mi manto de hayedos y desiertos late un corazón indomable que ha sabido ser llave de la montaña y puerta del Camino. No me mires solo como una tierra de paso o una fiesta de blanco y rojo; mírame como la raíz de un Reino antiguo que forjó su libertad sobre la piedra y que hoy reclama que tú también te levantes para proteger su equilibrio y su memoria.
 
Desde la nobleza de Tudela y su huerta bañada por el Ebro hasta el rincón más bravo de los valles del Roncal, desde los castillos de Javier y Tiebas hasta la mística de San Miguel de Aralar vigilando desde las alturas, ya hay quienes han decidido que el olvido no es una opción. No caminamos solos; llevamos con nosotros la memoria de pastores y caballeros, de artesanos y labradores que, con manos curtidas por el frío de la sierra y el sol de la Ribera, levantaron este reino de luz, cuidando cada cañada y cada viñedo cuando la vida era un desafío constante. Ellos son ahora el murmullo del Arga y el aliento que agita mis trigales.
 
Fui cabeza de un Reino entre dos mundos y baluarte de la fe y el fuero, y si me cuidas, yo seguiré siendo tu refugio de historia y vida. ¿Estás listo para dejar de ser habitante y convertirte en el caballero que Navarra necesita?