Proa del Cantábrico y Yunque de Hierro. Soy la elegancia de la Bahía de la Concha, el abrazo de mar que corona San Sebastián entre el Urgull y el Igueldo, y el latido de piedra de mi Santuario de Arantzazu, donde el arte moderno se hizo oración entre los riscos de Oñati. Soy el asombro del Flysch de Zumaia, ese libro de geología donde la tierra escribió su historia sobre las olas, y el perfil del monte Txindoki, la pirámide de piedra que vigila mis prados y mis caseríos. Soy el aroma de la sidra que nace en mis valles y el fuego de mis ferrerías que, desde Mirandaola, forjaron el carácter de un pueblo trabajador y libre.
Hoy te hablo desde la mística de la Basílica de Loyola y la paz de mis parques naturales como Aiako Harria, porque bajo mi manto de bruma y salitre late un corazón que ha sabido ser vanguardia industrial y cuna de navegantes. No me mires solo como un destino de alta cocina o una postal de playas bellas; mírame como la raíz de un pueblo que domó el acero y el océano, el hogar que hoy reclama que tú también te levantes para defender su equilibrio, su lengua y su futuro.
Desde la nobleza marinera de Getaria, donde Elcano soñó con dar la vuelta al mundo, hasta el rincón más industrial de Eibar y Mondragón, desde la frontera histórica de Irún y Hondarribia hasta la soledad de mis montes de Goierri, ya hay quienes han decidido que el olvido no es una opción. No caminamos solos; llevamos con nosotros la memoria de arrantzales y artesanos, de aquellos que con manos curtidas por el frío del Cantábrico y el calor de la fragua levantaron este reino de luz, cuidando cada puerto y cada valle cuando la vida era un desafío constante. Ellos son ahora el murmullo del río Oria y el aliento que agita mis hayedos.
Fui provincia de mareantes y llave de la modernidad, y si me cuidas, yo seguiré siendo tu refugio de historia y vida. ¿Estás listo para dejar de ser habitante y convertirte en el caballero que Guipúzcoa necesita?