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Faro de la Macaronesia y Guardián del Teide. Soy el gigante de lava que toca el cielo, el pico que desde lo más alto de España vigila un océano de nubes y leyendas. Soy el latido de piedra de La Laguna, la ciudad de paz que fue modelo para el Nuevo Mundo, y el asombro de mi Auditorio, cuya ala de hormigón blanco parece querer levantar el vuelo sobre el Atlántico. Soy el alma de mis selvas de Anaga y Garajonay, donde la bruma guarda el secreto de la laurisilva, y el rastro de fuego en la Cumbre Vieja de La Palma, donde la tierra volvió a nacer entre cenizas y esperanza.
 
Hoy te hablo desde la mística del Silbo Gomero y la paz del Sabinar de El Hierro, donde el viento doblega la madera pero no el orgullo. Porque bajo mi manto de basalto y salitre late un corazón que ha sabido ser escala de descubridores y baluarte de libertades. No me mires solo como un destino de primavera eterna o una postal de playas negras; mírame como la raíz de un pueblo que domó el volcán y que hoy reclama que tú también te levantes para defender su equilibrio, su biodiversidad y su futuro.
 
Desde la nobleza de Santa Cruz de La Palma y sus balcones de seda hasta el rincón más profundo de los Gigantes, desde el Castillo de San Juan hasta la soledad habitada de mis caseríos de cumbre, ya hay quienes han decidido que el olvido no es una opción. No caminamos solos; llevamos con nosotros la memoria de menceyes, navegantes y campesinos, de aquellos que con manos curtidas por el sol de medianía y el alisio levantaron este reino de luz, cuidando cada tajea y cada bancal cuando la vida era un desafío constante. Ellos son ahora el murmullo de la Plaza de España y el aliento que agita mis dragos milenarios.
 
Fui centinela del Océano y llave de las Indias, y si me cuidas, yo seguiré siendo tu refugio de fuego y bruma. ¿Estás listo para dejar de ser habitante y convertirte en el caballero que Santa Cruz de Tenerife necesita?