Trilogía de Fuego y Arena. Soy el latido de piedra de la Catedral de Santa Ana, la fortaleza de fe que vigila el barrio de Vegueta donde la historia del Nuevo Mundo comenzó a escribirse. Soy el asombro del Roque Nublo, el guardián de piedra que custodia las cumbres de Gran Canaria, y el rastro sagrado de mis ancestros en la Cueva Pintada de Gáldar. Soy el alma volcánica de Lanzarote, donde el fuego de Timanfaya creó un mundo nuevo, y la paz de mis viñedos en La Geria, donde la ceniza se hizo vida en cada surco.
Hoy te hablo desde la inmensidad de las Dunas de Corralejo y el viento libre de Fuerteventura, porque bajo mi manto de lava y salitre late un corazón que ha sabido ser puente entre continentes. No me mires solo como un refugio de sol o una postal de playas infinitas; mírame como el eje de la Macaronesia y el crisol donde la vanguardia de César Manrique se fundió con la naturaleza. Soy el hogar que hoy reclama que tú también te conviertas en su baluarte para proteger su fragilidad y su luz.
Desde la nobleza de la Casa de Colón hasta el rincón más salvaje de Jandía, desde los castillos de La Luz y San Gabriel hasta la mística del Betancuria, ya hay quienes han decidido que el olvido no es una opción. No caminamos solos; llevamos con nosotros la memoria de aborígenes, navegantes y artesanos, de aquellos que con manos curtidas por el sol de África y el alisio levantaron este reino de luz, cuidando cada palmeral y cada duna cuando la vida era un desafío constante. Ellos son ahora el murmullo de la Playa de Las Canteras y el aliento que agita los Jameos del Agua.
Fui escala de descubridores y llave del Océano, y si me cuidas, yo seguiré siendo tu refugio de fuego y calma. ¿Estás listo para dejar de ser habitante y convertirte en el caballero que Las Palmas necesita?